sábado, 20 de septiembre de 2014

9:34

Llueve sobre gris. Las líneas perfectamente trazadas delimitan estadios de soledad, pequeñas parcelas de ciudad, vagos recuerdos, sueños como pompas de jabón que desdibujan el cielo. Camino descalzo por el parking, un coche, dos, el tiempo se detiene.
El silencio me acoge, como si yo fuese un objeto inanimado más, ese ratón de esparto inmóvil ante la tímida cadencia de la vida. En la plaza 17 B hay un pelicano desahuciado que picotea el bordillo vetusto de la frontera donde mueren todas las palabras que nunca llegué a pronunciar.

Pero hoy he venido a distanciarme sin esperar nada a cambio.

Nace mi voz en la rueda simple del poema. Avanzo. Soy carne y hueso que pretende ser un hombre.
Balbuceo sin demasiado sentido.

¿Cuántas mujeres existen?

Hago cábalas, perdiendo un estómago cada día.
Esta anorexia de nombres propios ha expulsado todo el valor que alguna reuní. Caigo.

Me acerco a las mujeres de mi entorno, perdiendo el pene en el trayecto del miedo. Como ya dije en una ocasión, ya no sé si soy un hombre o un trozo de pan. Soy el hermano, el amigo, el sombrero.

Me duele tanto este cuerpo. A veces me gustaría cederlo, olvidarlo, que otro lo recoja y bese por dos, que yo ya no puedo. Estoy perdiendo las ganas de bailar, ya solo me masturbo.

Habito el espacio intangible de la hoja en blanco, desordenando cada vez más los aspectos esenciales de la vida.

Cada vez más lejos del niño que fui y que a veces asoma, para dictarme poemas como este.

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