domingo, 28 de diciembre de 2014

Kojiro.

El día que llegó Kojiro, una estampida de caballos de sal amenazaba la montaña. Desde la cima, un anciano estaba a punto de saltar desde la vida hacia al abismo. Cerraba los ojos, mientras archivaba en la memoria la imagen de su mujer, cuando escuchó un llanto agudo como una espada. Nunca había estado más vivo que en ese momento, cuando contempló atónito aquel bote abandonado en mitad del oleaje. En el centro del vaivén, un bebé envuelto en mantas desafiaba a los dioses. No se lo pensó y saltó esta vez desde la vida hacia a la vida, para adoptar a ese niño para siempre.

Kojiro resultó ser un bebe inquieto, que lloraba más de la cuenta. Solo se callaba cuando su padrastro le dejaba tocar la funda de la espada.

A los siete años, una mañana de abril, aprovechando que su padrastro había ido a pescar, esquivó la prohibición de coger la espada y desenfundó, perdiendo la noción del tiempo mientras bailaba entre los árboles.
Cuando le sorprendió el anciano, le arrebató la espada y le hizo un corte en el antebrazo, a sabiendas de que ese niño iba a ser un samurái, quizás el más grande de todos los tiempos.



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